Notas literarias

 

 

Libretería, 16 de enero de 2017

Cristina Jimena: ‘El club de la gente feliz’

En este mundo en el que vivimos, donde restan más que los que suman, más los que destruyen que los que construyen, coronar una cima de los Alpes y gritar tengo una camiseta y soy feliz; además de suponer una gran bocanada de aire fresco, no deja de ser un bello canto a la vida, aunque los más escépticos, o resabiados, los que están de vuelta, dibujen en su rostro una media sonrisa de superioridad.

Si además conviertes esto en un relato, en una historia de gente corriente, que se enfrenta a problemas corrientes, que supera adversidades corrientes, y lo lees, lo devoras y te contagias; sin duda has alcanzado el éxito, puedes comenzar a corregir tus frustraciones y convertirte en otro saludable miembro del club de la gente feliz.

‘El club de la gente feliz’ es un canto a la vida, una vida distinta a la ajetreada, estresada y contaminada que conocemos. No sé,  quizás, quizás si este club tan especial se convirtiera en mayoritario, quizás y con el permiso de esos resabiados escépticos, si ese concepto candoroso e ingenuo tuviese una oportunidad, quizás dejaríamos de ser ese virus del que habla Gamboa en Tinieblas y evitaríamos que el cuerpo que nos alimenta intentara acabar con nosotros.

Quizás, digo, necesitamos darle una oportunidad a ese club de la gente feliz del que nos habla en su novela Cristina Jimena:

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“Hoy me encuentro de nuevo junto al abismo, en una cima de los Alpes de Baviera, con vistas al pintoresco pueblo de Oberstdorf. Si bien, esta profundidad frente a mí no habla de la muerte y del final, como entonces, sino de vida y futuro.

Doy un mordisco a una manzana, y el crujiente sonido me produce un placer inmenso. Acabo de quitarme la camiseta sudada. Le echo un vistazo antes de meterla en la mochila. ¡Hay tanto esfuerzo, sacrificio y superación vinculados a este sudor! Guardo todo ello en la mochila, y me pongo una camiseta limpia. Mi piel se siente a gusto, y yo también.

Me doy cuenta de que hace tiempo hubiera sido incapaz de alegrarme por algo tan insignificante. Una manzana y una camiseta limpia. En este preciso momento no necesito nada más. Si antes hubiera sido consciente de que no es necesario tenerlo siempre todo para poder ser feliz... ¡Una manzana y una camiseta! Me echo a reír. ¡Una manzana y una camiseta! Grito enérgicamente en dirección hacia el valle: «¡¡¡tengo una manzana y una camiseta y soy feliz!!!» Las montañas comparten mi alegría y a través del eco braman que ellas también tienen una manzana y una camiseta y son felices.

Una joven pareja se sienta a mi lado. Él exclama: «¡¡tengo un plátano y soy feliz!!» Ella grita: «¡tengo chocolate y soy feliz!»

Una mujer de unos cincuenta y tantos años se acerca a nosotros, y pronuncia en voz muy alta: «¡tengo agua fresca y soy feliz!»

El maravilloso eco de las montañas llena todo el valle de manzanas, plátanos, chocolate, agua y felicidad.

Nos miramos, y nuestras sonrisas se convierten en portentosas risas. Cada vez más altas. Cada vez más contagiosas. Ahora, los montes también están repletos de nuestras risas.

Los tres desconocidos me parecen simpáticos, a pesar de que su repentina aparición me ha dado un pequeño susto. ¿Estaba tan absorto y sumido en mis pensamientos que ni siquiera me he percatado de su llegada? Me invade la extraña sensación de que estas personas han salido de la nada...”

El club de la gente feliz

Un canto a la vida